Siempre me ha gustado la autogestión. No esperar que nada venga a uno, sino uno ir al encuentro de lo que busca. Este pensamiento para mí tiene gran valor.
Ahora bien ¿qué pasa si uno desea algo con todo su ser y no tiene ni la experiencia ni el conocimiento para realizarlo? Por supuesto uno puede llegar y hacer algo como quien dice a “tontas y locas”, porque dentro de las posibilidades existentes está la de acertar.
Haussmann fue un administrador público francés. Llegó a ser el alcalde del París del 1850. Cansado del “rococó arquitectónico” y las carencia parisinas, trazó líneas y ejes sobre París que harían de de esta ciudad la primera ciudad moderna de occidente. Moderna porque dejaría de ser aquella ciudad amorfa, poco higiénica y mal conectada internamente pasando a ser una ciudad expedita, salubre y de buen aspecto para sus ciudadanos.
Sin ser arquitecto ni urbanista de profesión, logró con “mano de cirujano” solucionar un sinfín de complejidades urbanas. En este caso efectivamente el sentido común pudo más que cualquier grado de experticia. A esto los arquitectos le llamamos tener “buena mano y mejor ojo”. Todo un merito por cierto.
Valparaíso y Viña del Mar están repletos de ejemplos de lo que se denomina arquitectura vernacular, donde sus habitantes son muchas veces los responsables de los diseños que presentan espacios públicos y privados, colores y curiosidades formales. Esto da como resultado un paisaje rico y variado en contenido y forma urbana.
Pero ¿qué pasa si una casa o recinto es parte medular de algo mayor que podemos llamar las “postales de la ciudad”? Para graficar qué es una “postal de ciudad” usemos como ejemplo el Reloj de Flores, el Muelle Vergara y el Castillo Wulff en Viña del Mar entre otras o la mal llamada “Ratonera”, el Baburizza y la Biblioteca Severín en Valparaíso.
Como se podrá dar cuenta amigo lector, no son pocos los edificios que poseen esta cualidad en el Gran Valparaíso, pero tampoco son tantos como para que éstos no estén en buen estado para la comunidad.
En el caso de estas construcciones, las que forman parte de la estructura medular de la ciudad, las decisiones azarosas no son generalmente las mejores ni las más indicadas. Con esto quiero decir que cualquier sobre-intervención en ellas se debe hacer con cuidado y respeto por una “memoria histórica”, que además de conllevar una carga emotiva trae consigo una remembranza del espíritu de una época.
Esta reflexión la expongo a raíz de la desazón que me da ver el estado actual de ese maravilloso edificio que fue el Cap Ducal. La desazón que me da ver cómo una tras otra vez se ha intervenido sin criterio ni sentido alguno el edificio. Cómo fue trasformado en un “embeleco” de lo que fue originalmente. Un mal chiste o una réplica triste de una maravillosa época en la cual y sin lugar a dudas era una “postal urbana” de Viña del Mar.


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